Obras

Obras fotográficas

Paisajes nocturnos, escenas naturales y momentos capturados que hablan por sí mismos.

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En esta sección reúno mis obras fotográficas más representativas, desde cielos nocturnos hasta paisajes que transmiten calma y energía. Cada obra cuenta una historia, y juntas forman mi manera de mirar el mundo.

Mi trabajo abarca tanto la fotografía nocturna como la de paisajes diurnos, explorando la luz y la atmósfera en diferentes escenarios. Con especial presencia en el Mediterráneo y las islas Baleares, pero también en lugares más lejanos como las islas Lofoten, mis imágenes muestran faros, calas, montañas y cielos estrellados, junto a escenas naturales cargadas de contraste y calma. Cada obra busca transmitir una mirada artística y personal, y forma parte de ediciones limitadas pensadas tanto para amantes de la fotografía como para coleccionistas.

Å, el último pueblo

En la quietud invernal, el único sonido es el crujir de la madera contra el agua helada. Todo parece suspendido: el aire, la nieve, las casas. Como si el tiempo mismo hubiera decidido parar aquí.

La escena está tomada en Å, el último pueblo del archipiélago de Lofoten. Las rorbuer se alinean sobre pilotes de madera, enfrentadas al mar y custodiadas por la montaña. Bajo la luz gris del invierno, el rojo destaca como única resistencia frente al blanco y negro de la temporada.

Caló des Moro, Mallorca

Esta fotografía de paisaje nocturno fue capturada desde Caló des Moro, una de las calas más emblemáticas de la costa sur de Mallorca. Bajo un cielo invernal despejado, la constelación de Orión se alza sobre el horizonte, acompañada por una tenue neblina rojiza: se trata de nebulosas H-alpha, invisibles a simple vista, reveladas gracias al uso de un filtro astronómico especializado.

La escena fusiona la belleza natural del Mediterráneo con la técnica precisa de la fotografía astronómica. Cada exposición fue cuidadosamente planificada para conservar los colores reales del cielo nocturno y la textura rocosa de la costa balear. En invierno, estas calas recuperan una calma que parece pertenecerles por derecho: sin turistas, sin ruido, solo el mar, la piedra y el cielo.

El pozo de los deseos

Sobre los restos de piedra, el cielo se derrama. Durante cuatro noches consecutivas, más de diez mil fotografías fueron capturadas desde el Pou Salat, un antiguo pozo mallorquín, para crear esta imagen única: una coreografía celeste donde las Perseidas caen como hilos de luz sobre la tierra.

El centro galáctico se alinea verticalmente con la estructura de piedra, como si la Vía Láctea brotara del interior del pozo. Las trazas de los meteoros, reunidas desde múltiples exposiciones, multiplican esa conexión directa entre lo humano y lo cósmico. La escena es precisa, técnica y profundamente simbólica.

Faro de Cap Salines, testigo del atardecer

El atardecer en Cap Salines fue uno de esos momentos en los que la luz transforma el paisaje. Las nubes recogieron los últimos rayos del sol, pintando el cielo en tonos cálidos mientras el mar permanecía en calma.

Fotografié el faro desde la orilla rocosa, dejando que las texturas del primer plano guiaran la mirada hasta la silueta blanca de la torre. La exposición prolongada suavizó el movimiento del mar, acentuando la sensación de quietud.

La noche de las luces

Mientras la tierra duerme, el cielo despierta en un estallido de luz. Durante una noche fría de diciembre, el faro de Cap de ses Salines fue testigo de una de las lluvias de estrellas más intensas del año: las Géminidas. Allí, bajo la cúpula estelar, el tiempo pareció abrirse para dejar paso a una coreografía celeste.

La imagen está formada por decenas de meteoros capturados a lo largo de varias horas, cuidadosamente alineados para mostrar su punto radiante. La luz del faro, normalmente solitaria, se ve envuelta por una constelación de trazas que cruzan el cielo desde todos los ángulos. En tierra, la vegetación y los edificios permanecen inmóviles, contrastando con la actividad del firmamento.

Lo que permanece

Lo que el invierno cubre, el mar lo descubre: rastros de vida que resisten. En los huecos entre la roca y la nieve, un verde inesperado rompe el gris absoluto del paisaje. Esa franja de musgo parece un gesto de tenacidad, como si incluso el Ártico necesitara recordar que la vida sigue.

En Hamnøy, todo parecía quieto: las cabañas rojas, el cielo espeso, la nieve acumulada sobre las estructuras. Pero el color estaba ahí. No sólo el rojo del refugio, sino el verde bajo el hielo. Una nota mínima, pero suficiente para cambiar la lectura de la escena.

Ojo de Es Vedrà, Eivissa

A finales de abril, Ibiza aún respira con la calma de las semanas previas al verano. En los caminos de tierra que bordean los acantilados del suroeste, la isla conserva ese aire libre y algo salvaje que muchos asocian con sus raíces más auténticas.

Desde el llamado Ojo de Es Vedrà, una formación natural en la roca que actúa como mirador improvisado, se abre una vista directa al islote. Su silueta aparece recortada al fondo, iluminada por la luz cálida del atardecer que atraviesa un cielo cubierto de nubes bajas. La roca en primer plano, bañada por ese mismo tono anaranjado, contrasta con el azul profundo del mar. La escena queda suspendida entre volúmenes minerales y reflejos suaves, sin apenas movimiento en el agua.

Puerto de Sanitja, Menorca

La primera noche en Menorca me llevó hasta el pequeño puerto de Sanitja, en el extremo norte de la isla. Desde el interior de una antigua caseta de pescadores, parcialmente derruida, encontré un encuadre directo al mar: una abertura de piedra que recorta el horizonte y enmarca la escena.

A través de esa abertura, un llaüt reposa amarrado sobre aguas completamente en calma. Su reflejo, nítido, flota junto a él gracias a la ausencia total de viento. La piedra iluminada en primer plano contrasta con los tonos fríos del cielo y del mar, donde se alternan nubes estáticas y estrellas dispersas. La luz que baña la escena no proviene de ninguna fuente directa, sino de un resplandor lejano, filtrado desde el fondo de la isla.

Viento cortante

El mar rugía helado, mientras el viento cortante silbaba sin tregua sobre la costa ártica. La escena se desplegaba sin pausa, con la fuerza del norte golpeando cada superficie expuesta. No había refugio, salvo esas casas rojas aferradas a la roca, resistiendo en silencio.

La imagen fue capturada en Hamnøy, uno de los pueblos más emblemáticos del archipiélago de Lofoten, en Noruega. La nieve cubría el paisaje con una capa uniforme, mientras las rocas y el agua en movimiento creaban líneas diagonales que llevaban la mirada hasta la montaña. La elección del blanco y negro, reservando el rojo intacto de las cabañas, acentúa el contraste entre lo humano y lo natural.